Así fue

La crónica de un día atroz

A las 8:46 de la mañana del martes 11 de septiembre de 2001, se desató el infierno en Estados Unidos. Durante los siguientes 102 minutos, todo fue caos, confusión, horror y muerte

GUADALUPE GALVÁN

Archivo Reuters

Archivo Reuters

 Bajo los escombros de las Torres Gemelas del World Trade Center y del Pentágono a medio destruir, quedó enterrada la era de la inocencia. Estados Unidos cambió, y también el mundo.

Diecinueve terroristas, bajo las órdenes de Osama bin Laden, convirtieron cuatro aviones comerciales en misiles que se estrellaron contra el corazón financiero y militar de EU.

Era la hora pico. Se calcula que en esos momentos había entre cinco mil y siete mil personas en cada una de las torres gemelas.

Justo a las 8:46, el vuelo 11 de American Airlines, que salió de Boston con destino a Los Ángeles, con 81 pasajeros a bordo (incluyendo a los cinco secuestradores), se impactó entre los pisos 93 y 98 de la Torre Norte. Comenzaron a sonar las alarmas y se dio la orden de evacuación. En esos primeros minutos, nadie sabía qué había sucedido. Los noticiarios hablaban de un posible accidente.

En la Torre Sur, los empleados comenzaron a bajar, siguiendo una orden de evacuación preventiva, que poco después fue cancelada. “El peligro pasó. Pueden salir o regresar a sus lugares de trabajo”. Pero el peligro no había pasado.

Diecisiete minutos después, a las 9:03, el vuelo 175 de United Airlines, también proveniente de Boston y con destino a Los Ángeles, con 37 pasajeros (incluyendo a los cinco secuestradores), se impactó entre los pisos 78 y 84 de la torre sur.

No quedaba ninguna duda. Estados Unidos estaba bajo ataque.

Los secuestradores, muchos de los cuales llevaban más de un año en EU, donde habían recibido entrenamiento de pilotos, tuvieron mucho tiempo para afinar detalles. Sabían que una bomba sería fácilmente detectada; con los aviones, en cambio, no necesitaron nada. Escogieron un día donde las aerolíneas no llevan tanto pasaje, lo que les facilitaba mantener a la gente bajo control; y para causar el mayor daño, eligieron las horas pico y aviones destinados a hacer viajes largos, para garantizar un abasto de combustible suficiente para causar una masacre.

Gritos, llanto, desesperación. Los bomberos acudieron de inmediato para ayudar a rescatar a la gente que se quedó atrapada. La policía intentaba cercar la zona.

Cuando el primer avión se estrelló, George W. Bush, quien había asumido apenas en enero de ese año, y cuya popularidad oscilaba alrededor de 50% en esos momentos, se encontraba en la escuela Emma E. Brooker, en Sarasota, Florida. Igual que muchos, pensó, según dijo después: “Fue un accidente”. Y se dedicó a escuchar a los niños de la clase de segundo grado leer en voz alta, hasta que el secretario de Presidencia, Andy Card, entró al salón y le susurró del segundo avionazo.

El rostro del presidente se tensó. Pero esperó a que terminara la clase. Treinta y cinco minutos después, dio el primero de tres mensajes en ese largo, interminable día. “Son momentos difíciles para los Estados Unidos de América”, dijo. “Cazaremos a quienes cometieron este acto”.

Sólo querían escapar
Comenzó la cacería. Pero en las Torres Gemelas nadie pensaba en eso. Lo único que querían todos era escapar con vida. Algunos corrieron a las escaleras, porque los elevadores habían quedado inservibles; fueron éstos, en su mayoría, los que sobrevivieron. Los que quedaron atrapados en los pisos superiores intentaron llegar al techo, pensando que podrían ser rescatados por helicópteros.

Pero las puertas de emergencia quedaron bloqueadas, y el polvo y el humo eran tan densos que ningún helicóptero podría haberlos rescatado de todas maneras. Entre los empleados del WTC había quienes en 1993 fueron testigos de otro ataque, con un camión-bomba, contra el edificio 5 del complejo. Recordando aquello, fueron de los primeros en salir. Otros perdieron minutos invaluables en medio de la confusión.

Afuera comenzaba a reunirse la gente. Curiosos, familiares, rescatistas… Todos viendo incrédulos las dos torres ardiendo. Pedazos caían de ambos edificios. Pero después, alguien miró mejor. No eran pedazos. Eran personas aventándose al vacío. “No podía entender por qué saltaban. Supongo que perdieron toda esperanza”, recordó tiempo después Gilbert Richard Ramírez, quien trabajaba en el piso 20 de la Torre Norte.

Bush, entretanto, viajaba ya en el Air Force One, desde donde se coordinaba con la CIA, el Pentágono, el secretario de Defensa… Había que encontrar a los culpables. Los dedos apuntaron al régimen iraní, al iraquí de Saddam Hussein. Pero la probabilidad de que tuvieran la capacidad de perpetrar un atentado así era escasa. Entonces, un nombre comenzó a repetirse, cada vez con más fuerza: Osama bin Laden, el líder de la red terrorista Al-Qaeda.

Mientras, en Washington, el vicepresidente Dick Cheney estaba en su oficina, en el Ala Oeste de la Casa Blanca, cuando fue interrumpido abruptamente por agentes del servicio secreto. “Tenemos que irnos”, le dijeron. Un avión se dirigía hacia allá. Cheney fue trasladado al búnker de la Casa Blanca, junto con la Primera Dama, Laura Bush.

Eran las 9:37. Entonces, el avión que iba hacia la Casa Blanca viró. Su objetivo, el símbolo del poderío militar de Estados Unidos: el Pentágono. Era el vuelo 77 de American Airlines, con 58 pasajeros a bordo (incluyendo cinco secuestradores) y con destino a Los Ángeles. Pero nunca llegó allí. Se estrelló en el lado oeste del Pentágono.

La policía, para esos momentos, estaba sobrepasada. Además de cercar la “zona cero”, en Nueva York y Washington, atendía llamadas. Algunos buscaban a sus familiares. Otros informaban que parientes suyos, que iban en los vuelos 11, 175 o 77, les habían llamado para avisar que sus aviones habían sido secuestrados, que los secuestradores llevaban cuchillos, cutters, que había gente herida; que la tripulación había sido asesinada…

Cuando Bush, aún a bordo del Air Force One, fue informado del ataque al Pentágono, dio la orden: cerrar el cielo de EU a todos los aviones, y bajar cualquier avión a tierra, por las buenas… o derribándolo.

En Chicago, los empleados de la Torre Sears, la más alta de Estados Unidos, se asomaban por la ventana, temiendo lo peor. El edificio era desalojado poco después, igual que todas aquellas construcciones, en todo el país, que por su simbolismo, altura o accesibilidad, pudieran ser un blanco. Ningún lugar parecía seguro.

En Nueva York, el alcalde Rudy Giuliani se esforzaba por mantener las cosas bajo control, en medio del descontrol total (su gestión le valió ser nombrado el personaje del año por la revista Time). Los accesos a la zona cero, cerrados. Los puentes también.

Había pasado poco más de una hora desde que comenzó la pesadilla. Pero a las 9:59, la Torre Sur, la segunda en ser impactada, se desplomó. Nueva York se llenó de polvo, de sangre y de muertos, nacionales, extranjeros, rescatistas, cuerpos sin nombre que tardarían meses en ser recuperados.

Mientras, las alarmas se habían encendido de nuevo. Las autoridades aéreas reportaron otro avión desaparecido. Era el vuelo 93 de United Airlines, con 37 pasajeros a bordo (incluyendo cuatro secuestradores), con destino a San Francisco, California. El Capitolio y la Casa Blanca, posibles blancos, habían sido evacuados.

A las 10:03, el aparato se estrellaba en un descampado cerca de Shanksville, Pennsylvania. Llamadas realizadas desde el avión revelarían más tarde que los pasajeros, enterados por sus familiares de lo ocurrido con los otros aviones secuestrados, decidieron frustrar las intenciones de los secuestradores, hasta que los obligaron a estrellar la nave ahí, en medio de
la nada.

La Comisión del 11-S llegó a la conclusión, con base en los testimonios de terroristas implicados en la organización de los ataques, de que el blanco de los terroristas era el Capitolio.

Los servicios secretos trabajaban a todo lo que daba. Pronto descubrieron el equipaje de Mohammed Atta, que por error no había sido subido en el vuelo. Y en el interior, un verdadero tesoro: nombres y datos de los terroristas, junto con sus relaciones con Al-Qaeda y detalles del macabro plan para vengarse de los “infieles”.

En Nueva York, los hospitales pedían sangre para ayudar a los heridos. Se formaron filas enormes de de voluntarios queriendo ayudar.

Nada podía ser peor. Pero lo fue. A las 10:20, la Torre Norte no resistió más y se vino abajo. Donde hasta hacía unas horas había dos edificios monumentales, sólo quedaban ruinas, un cementerio masivo. Habían pasado 102 minutos de terror.

A las 11:45 de la mañana, el Air Force One aterrizaba en la base de la Fuerza Aérea de Barksdale, en Louisiana. Por segunda vez, Bush se dirigió a la nación. Eran las 12:36. “La libertad fue atacada esta mañana por cobardes sin rostro”, dijo el mandatario.

Listos para atacar
En la costa este, los portaaviones USS John F. Kennedy y USS George Washington, junto con siete buques de guerra, esperaban, listos para atacar.

Un Giuliani cubierto de polvo recorría las calles. La policía arrestó a algún saqueador, que aprovechaba el caos. La prensa preguntaba: ¿Cuántos muertos, cuántos? “No lo sabemos aún”, decía el alcalde. “Pero cuando lo sepamos, serán más de lo que podamos soportar”.

El país olía a luto. A las 17:21, otro edificio se vino abajo. Era la Torre Siete del WTC, fatalmente dañada con los escombros que le cayeron de la Torre Norte. En el WTC, sólo quedaba un gran vacío.
En las iglesias, en las calles, la gente cantaba “Dios bendiga a America”.

Por la tarde, el Congreso regresó al trabajo. Los legisladores querían probar al mundo que EU había sido herido, sí, pero se mantenía de pie.

Muchos se preguntaban: “¿Dónde está el presidente?”.

Pero Bush no regresó sino hasta la noche. No era seguro, le advirtió el servicio secreto. Entonces, dio su último discurso de la jornada. Y resumió en tres palabras lo que había sucedido ese día: “Actos de guerra”. “Perseguiremos a los terroristas que cometieron estos actos y a quienes los refugiaron”, sentenció.

Tres días después, parado sobre los escombros del WTC, arropado por los rescatistas que arriesgaron sus vidas para salvar a la gente atrapada en las torres, un Bush fortalecido, con una popularidad de 90%, decía: “¡Los escucho! ¡El resto del mundo los escucha! ¡Y la gente que derribó estos edificios pronto oirá de nosotros!”. Luego, advirtió: “Esta guerra contra el terrorismo se llevará un tiempo, y el pueblo estadounidense tendrá que
ser paciente”.

Unos días después, el duelo había pasado. Con el tiempo se sabría que no fueron seis mil las personas que murieron aquel día, como se estimó originalmente, sino 2 mil 996, incluyendo a los terroristas. De esa cifra, más de 300 eran nacionales de hasta 60 países —legales e indocumentados—-, que 411 eran rescatistas.

Pero aquel 11 de septiembre de 2011, lo único que se sabía de cierto, en Estados Unidos y el mundo, era que con el desplome de las torres terminaba una era. Empezaba otra, mucho más sombría, con un enemigo sin rostro, o de muchos rostros, que podía atacar en cualquier momento, en cualquier lugar. Comenzaba la era del terror.